La brillante tesis del forense Miguel Lorente sobre la no muerte de Jesucristo en la cruz ha sido corroborada por distintos autores, que han aportado nuevos y definitivos argumentos. Convienen la mayoría de ellos en que existían dos tipos de crucifixión, según la gravedad del supuesto delito: en la menos cruel, se partían los fémures, del ajusticiado y este, al carecer de un punto de apoyo, moría a los dos o tres días, asfixiado por el peso de su propio cuerpo. En la segunda, la más cruel, la que le infligieron a Jesús, según los Evangelios, no existía el quebrantamiento de huesos y el ajusticiado moría lentamente --solía permanecer vivo más de dos semanas-- por inanición, por insolación, por sofocación....
En cuanto a la herida de lanza que le asestó san Longinos --así pasó el lancero romano al estrafalario santoral cristiano-- no fue mortal, pues no alcanzó los pulmones; fue un simple "pinchazo" para comprobar si Jesús seguía vivo, que alcanzó la pleura, de ahí que no manaran borbotones de sangre, sino un líquido sanguinolento, líquido pleural, de la herida.