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Un hallazgo afortunado en una revista médica

En un capítulo de mi libro, Una enfermedad romántica , me preguntaba a qué podía deberse que la sociedad del siglo XIX adorara, con el mismo ardor, a dos mujeres tan diferentes como Santa Teresita de Jesús y Sarah Bernhardt y que, tanto las memorias de la monja como las representaciones de la actriz en el rol de “la dama de las camelias”,  hayan tenido un éxito de público impresionante casi simultáneamente. La pregunta apuntaba específicamente a averiguar qué podían tener ellas en común: Thèrése, una niña cuando ingresó al convento donde murió, no hizo otra cosa más que sufrir gozosamente los pesares de la tuberculosis por su gran amor a Dios; Sarah, la “divina Sarah”, una diva que había nacido en el ambiente de la prostitución  - se sabe que su madre, Judith Van Hard, era una cortesana y que Sarah nunca supo quién era su padre – mujer de mundo, famosa, muy precozmente, por su personalidad arrolladora y su melodiosa vos, protagonista de una vida sentimental agitada y de amores apasionados con personajes  célebres.

Acudí en busca de la respuesta a un estudioso de la tuberculosis y sus manifestaciones artísticas, el historiador David Barnes, e hice causa común con sus reflexiones sobre el tema. Él adjudicaba estas coincidencias a que las dos mujeres, una tuberculosa en la vida real y la otra representando magistralmente a Margarita Gautier, la tuberculosa más famosa de la literatura, encarnaban una visión de la enfermedad muy arraigada en la  sociedad del siglo XIX: la de ser un camino para la expiación de los pecados femeninos a través del sufrimiento y de la muerte.

Cuando escribí el ensayo, no investigué más sobre la vida de la gran actriz parisina puesto que no era el objetivo de mi trabajo. Sin embargo, pensé que una vida tan interesante era, sin duda, una materia pendiente. Como suele ocurrir, nunca más volví a Sara Bernhardt pero, sin proponérmelo, el azar me devolvió a ella. Me topé con un artículo, proveniente de Medscape General Surgery , cuyo título, “ The Case of the Internationally Acclaimed One-Legged Actress” , llamó poderosamente mi atención. Era el caso clínico de una mujer de setenta años, cuya rodilla derecha presentaba dolor y edema progresivos, con limitación de los movimientos; se diría, una verdadera artritis de rodilla. Ante la persistencia del dolor, su médico decidió inmovilizar la articulación mediante un yeso. Meses después, el dolor se tornó intolerable, por lo que se retiró el yeso y, con gran sorpresa, se constató que tenía una grave infección. Se efectuó la amputación de la pierna derecha con regresión total del cuadro y, con el tiempo, se intentó colocar una prótesis sin ningún resultado. A pesar de todo,  la mujer - la actriz - continuó actuando aunque con roles restringidos a la posición de sentada.

Vivió ocho años más, y a los setenta y tres años debió de ser intervenida quirúrgicamente por una “enfermedad renal” que tuvo, como secuela, un largo y complicado postoperatorio. Murió a los setenta y nueve años de una insuficiencia renal.

Entre sus antecedentes, se registra una constitución frágil ,  tos crónica con ocasionales hemoptisis y, además, varios ataques de “pleuresía”durante la adolescencia. En la infancia padeció varios traumatismos de rodilla, así como un absceso a los cuarenta años y repetidas injurias durante sus actuaciones, en especial cuando representó a Juana de Arco en escenas que requerían varias caídas sobre las rodillas. De sus antecedentes familiares, en cambio, se sabe poco puesto que fue una “hija ilegítima”, dice el autor; sólo se tiene conocimiento de que una de sus hermanas, con la que la actriz tenía contacto estrecho, murió a los quince años de tuberculosis.

A la presentación del caso siguen dos preguntas de elección múltiple: la primera consiste en señalar quién era la actriz: Clara Bow, Josephine Baker, Sarah Bernhardt ó Jenny Lind, y la segunda, cuál es el diagnóstico más probable: osteosarcoma de rodilla derecha, lupus eritematoso sistémico, gota ó tuberculosis extrapulmonar.

Por algunos datos biográficos que conocía, mi elección recayó en Sara Bernhardt y, luego, con los antecedentes que hemos leído – y la época en cuestión - más que seguro que la “divina Sarah” había tenido una tuberculosis extrapulmonar. Mis respuestas fueron correctas.

A. Lowenfels – autor del artículo - concluye el análisis del caso con razonables lucubraciones acerca del tratamiento que hubiera recibido Sarah, en la actualidad, y cuán diferente hubiera sido el destino de su pierna.

Pero vuelvo a la pregunta que me hice en el momento de escribir el ensayo, y que dio motivo a este artículo. Si hoy tuviera que responderla, agregaría, a la respuesta que compartí con Barnes, una reflexión más personal, ésta es que, probablemente, el público, que suele amar a sus grandes artistas, conociera la vida de Sara Bernhardt, su enfermedad, el dolor por la muerte de su pequeña hermana, a quien - hoy sé- Sarah amaba y protegía y había intentado alejar de la prostitución.

La dama de las camelias fue la obra que consagró definitivamente a Sarah Bernhardt entre sus admiradores. ¿Será que la diva representó en el  escenario su propia vida como lo hizo Thérèse en su lecho de enferma?

 No se puede ir más lejos. Santa Teresita y Sarah Bernhardt, aun con una evolución muy diferente, tenían en común la enfermedad que compartía toda la sociedad el siglo XIX.

Al final del artículo, en una breve reseña biográfica, Lowenfels cuenta algunas anécdotas de la vida de Sarah que vale la pena conocer. Una de ellas, entre graciosa e irónica, – en especial esto último – tiene que ver con un episodio ocurrido en el primer viaje transoceánico de la actriz : parece ser que se encontró con Mary Todd Lincoln, la mismísima viuda del presidente, a quien Sarah salvó de una caída por las escaleras que podría haber sido fatal. Para el autor, la ironía radica en que mientras el presidente fue asesinado por un actor, la esposa fue salvada por una actriz.

También nos cuenta, en otro orden de cosas, que un inescrupuloso empresario, llamado P. T. Barnum, le ofreció, a la actriz,  una abultada suma de dinero para exhibir la pierna amputada como una atracción en su circo. Sarah, muy dignamente, se negó a otorgarle el permiso.

La pasión de Sarah por la actuación era tan extraordinaria que después de la amputación y ya cerca del final de su carrera, la actriz llevó a cabo una performance especial para la reina Mary quien, al ver cuán consumida estaba, sugirió que hiciera más reposo, a lo que ella respondió: “Debo morir en el escenario; ése es mi campo de batalla”. Así, severamente enferma continuó actuando hasta el final de su vida.   

Finalmente, debo de reconocer que, junto al descubrimiento de la enfermedad de Sarah que, en mi caso, tiene un interés especial, no deja de ser alentador y gratificante, por su singularidad, que un artículo médico me haya recordado que tengo como materia pendiente la vida de un artista.

Por  Amalia Pati

Fuente:http://www.clinica-unr.org.ar/

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